viernes, 19 de noviembre de 2010

Muerte de Luis García Berlanga


BerlangaHa muerto Luis García Berlanga, tal vez el director de cine español más importante de todos los tiempos. Murió el sábado (13 de noviembre) y aunque los berlanguistas - auténtica legión - intuíamos que, con la edad del cineasta y el silencio que lo rodeaba en los últimos tiempos, la noticia podía sorprendernos cualquier día, no ha dejado de ser un soberano sopapo y de provocarnos una profunda tristeza. La pérdida es la pérdida, aunque llevara ya años inactivo: ha dejado de estar entre nosotros y eso, a quienes lo apreciábamos por lo que nos había regalado con su obra, duele.
Como se suele decir en estos casos, para reponerse uno un poco, nos quedan sus películas. Y es cierto: ellas no morirán nunca. Y con ellas, de alguna manera, él seguirá vivo, seguirá hablándonos y hablando a quienes vengan detrás de nosotros. Bonita, envidiable manera de escapar de la muerte ("Tengo miedo" gritaba un cartel junto a la carretera al final de su última película, "París Tombuctú"), de instalarse en la intemporalidad y en la eternidad.
Nació Berlanga en Valencia, dentro de una familia de músicos, pero quiso Dios (que sabía lo que se hacía) no dotarle de buen oído y llevarlo por otros derroteros que le tiraban más. Dejando atrás unos intentos frustrados de estudiar Derecho y Filosofía y Letras, ingresó en el Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas de Madrid - primera escuela de cine oficial en España - al poco de su fundación. Es por tanto uno de los directores que salen entre las primeras remesas de esta escuela. Junto a él, otro prometedor cineasta, Juan Antonio Bardem, llamado a ser otro de los grandes de la cinematografía española, con el que colaborará en los primeros trabajos de ambos: primero "Esa pareja feliz" (1951), donde sientan las bases de lo que va a empezar a ser un nuevo cine español que bebe sus fuentes del neorrealismo italiano, trasladando la acidez, amargura y humor socarrón y sarcástico al retrato de la sociedad española de la época, con un arranque que supone todo un alegato contra el cine histórico y complaciente con el régimen que era la norma hasta el momento; luego, "Bienvenido, Mister Marshall" (1953), primera obra maestra del genio valenciano, con las primeros asomos de lo que será después su cine. Después, ya con Berlanga en solitario, llegarían otras perlas como "Novio a la vista" (1954), "Calabuch" (1956) y "Los jueves milagro" (1957), que mantendrían su maravilloso compaginar de buenas historias amables (tiernas incluso a menudo) con la pintura de fondo de una España deprimida y deprimente, profundamente en blanco y negro.
En 1961, comienza a colaborar con el guionista Rafael Azcona (tristemente desaparecido también hace apenas dos años), en lo que supone sin duda el tándem creativo más genial de la historia de nuestro cine; nuestro Wilder y Brackett particular. Las dos primeras películas fruto de esta colaboración se disputan, la una a la otra, el título de mejor película española de todos los tiempos: "Plácido" (1961) y "El verdugo" (1963). En la primera domina más la escritura coral de Berlanga mientras que en la segunda se impone un poco la lacónica negrura de Azcona, pero es innegable - a la vista del conjunto de sus dos filmografías - que son dos obras de los dos; tan innegable como que son dos obras redondas, de inmenso calado en su retrato y reflexión del ser humano a través de las vidas de sus personajes.
Más tarde Berlanga tiene que tomar distancia y enfriar su cincel: los censores apretaban y las autoridades culturales lo terminan dando de lado y aparcando (se entregan con entusiasmo estratégico a apoyar lo que se conoció como "Nuevo Cine Español"). Y es que aunque el cine de Berlanga nunca fue un vehículo de protesta que tratara de enviar mensajes encriptados de denuncia contra el régimen franquista - como algunos después han querido hacer ver -, tampoco el valenciano aceptó en ningún momento renunciar a describir la sociedad española tal cual la veía y sentía. Lo cual, evidentemente, no le ayudó a lo largo de su carrera. De entre las películas que hace hasta el final del franquismo, destaca por encima de todas "Tamaño natural" (1974), donde sus obsesiones fetichistas por la mujer y sus meditaciones sobre la condición social del ser humano (especialmente del hombre solitario) cristalizan con particular fortuna.
Muerto el caudillo, Berlanga toma nuevos bríos y nos regala la hilarante saga de "La escopeta nacional" (1977) - "Patrimonio nacional" (1981) - "Nacional III" (1982), crónica enloquecida y grotesca de la transición a través del devenir de una familia aristocrática que no encuentra su sitio en los tiempos cambiantes que siguen a la caída del régimen, y "La vaquilla" (1985), fresco 100% berlanguiano de la Guerra Civil. Después, un par de películas fallidas, sin mucho pulso, y cierra su soberbia filmografía repuntando de nuevo con un gran título, muy personal: "París Tombuctú" (1999).
El hombre que transformó dentro de España el neorrealismo italiano en un género propio, bien definido por un término que trasciende lo cinematográfico: berlanguiano (dícese de lo esperpéntico que puede llegar a resultar el costumbrismo hispánico), realizó la práctica totalidad de su obra en su propio país, algo que lo diferencia también de los pocos que compiten con él por el podio del cineasta español más grande de toda la historia.
Dicen que durante su velatorio y funeral no dejó de escucharse "¡Viva Berlanga!", algo que él mismo hubiera podido escribir y rodar para una de sus películas. Que viva, que viva siempre, instalado ya en la salón del cine clásico español, que poco a poco, gigante a gigante, se va cerrando sus puertas.

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